¿Te atreverías a disciplinar a un niño ajeno?

Quienes me conocen saben que jamás y eso quiere decir NUNCA, me la he dado de que soy la madre perfecta y mucho menos de que mis hijos son los más tranquilos y con los mejores modales del mundo. Reconozco que mis príncipes son de alto voltaje y que son capaces de acabar con la paciencia de un santo. No en vano les digo Trueno y Relámpago. Sin embargo, sé que me he esforzado –no siempre de una manera exitosa-  para tengan buenos modales. Al menos saben pedir permiso para interrumpir una conversación entre adultos, respetan reglas del hogar como no comer golosinas entre la semana e inclusive hasta el chiquito está aprendiendo a guardar sus zapaticos en el clóset cuando llega de la guardería.

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Amén de que se les ocurra ir a una casa ajena a husmear en las pertenencias privadas de los demás. A pesar de no ser perfecta he tratado de enseñarles que hay normas y deberes por cumplir; es decir, he tratado de disciplinarlos.

Estoy hablando de todo esto, porque necesito reflexionar en voz alta sobre lo incómodo que resulta como madres cuando te toca compartir con un niño cercano a los tuyos y que es totalmente indisciplinado. Probablemente después de escribir esta nota pierda una amiga, pero siento la necesidad de hacerlo.

Quiero hablar del daño que somos capaces de hacerles las madres a nuestros hijos sin darnos cuenta. Muchas veces confundimos el darles amor con no ponerles límites y lo que hacemos es criar seres egoístas y egocéntricos. 

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Mis hijos tienen un amiguito llamado Fernando, quien es hijo único. Fernandito tiene seis años –uno menos que mi hijo mayor y tres más que mi hijo menor-. A este niño lindo e inteligente, su mamá no le pone ningún límite. Si Fernando quiere un juguete debe obtenerlo ya. Si está en el parque, sale corriendo hasta el heladero y pide cuánto helado le plazca y después te viene a buscar para que le pagues al vendedor, sin saber si tienes dinero o no. Su garganta encendida en llanto es su mejor arma para enloquecerte si no le complaces algún capricho y su mamá simplemente lo observa. Nunca le dice ¡basta!, ni siquiera hablemos de que le haga un gesto para que se tranquilice.

Fernandito es un niño que necesita disciplina y su madre terapia psicológica, pero yo siento que no soy la adecuada para hacer ninguna de las dos cosas. No sé cómo disciplinar a un niño ajeno, ni qué debo decir o no. Ha habido ocasiones en las que me he atrevido a decirle: "mi amor, cálmate". Como por ejemplo, cuando empezó a meter las manos en las bandejas de comida y a sacar de las bolsas los regalitos que los entrenadores de fútbol del equipo infantil, repartirían al final del partido. Uno de los organizadores me reclamó a mí. Con una falsa  sonrisa de Monalisa le dije: "sí, disculpe. No es mi hijo". En situaciones como ésa me he visto varias veces. Una vez en la playa salió corriendo y agarró un vaso de limonada – ni tengo que decir que se saltó la fila de gente que esperaba con la misma intención de refrescarse-. Otra mamá, me ha dicho que no sabe cómo sigo saliendo con ellos, porque ya muchas dejaron de invitarlo a los "playdates" y a las fiestecitas de cumpleaños. Otra amiga lo llama en privado el "Gremlin" y a mí me da risa pero a la vez me parte el alma. Pero, tras un episodio que ocurrió en una piscina el pasado fin de semana, donde casi ahoga a mi hijo menor, decidí que no los voy a frecuentar más.

No sé cómo actuar, ni hasta dónde debo llegar a la hora de disciplinar a un niño ajeno. Por favor, ayúdame ¿Me das un consejo? ¿Qué harías tú?    

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Imagen vía Thinkstock

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