El bautizo o bautismo en varias religiones es entendido como un ritual de iniciación o un sacramento que te da la bienvenida dentro de determinada doctrina. Para quienes hemos crecido en el catolicismo es: "un signo sensible instituido por nuestro Señor Jesucristo para perdonar el pecado original y cualquiera otro que hubiese en el que se bautiza". En dos platos es el salvoconducto que te protege del pecado original, con lo cual no estoy de acuerdo.

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Con el perdón de las madres Consuelo, Amparo y Luisa –quienes me dieron clases de religión cuando era una niña y estudiaba en el Colegio Nuestra Señora de La Merced-, lo digo con la voz en cuello, ya que durante tantos años lo único que podía era repetir monosílabos que aseguraban mi comprensión y aceptación de lo que escuchaba. No creo que el bautismo nos salve de ningún pecado original. Que dicho sea de paso, ¿hasta cuándo tenemos que cargar con la atracción natural que sintieron Eva y Adán? Si yo hubiese sido Eva no me hubiese comido una, sino la cosecha de manzanas enteras, pero eso es harina de otro saco.

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La cosa es que si Dios existe, lo cual creo ciegamente, no necesitamos bautizarnos para que nos perdone nada. Él nos ama y punto. Dicho eso, aunque no creo en el significado religioso del bautismo, creo en él como una tradición familiar. Qué contradicción, ¿no?

De hecho, bauticé a mis dos hijos y recuerdo ambas ocasiones como momentos gratos y de cercanía con mis seres queridos.  Sus bautizos fueron encuentros especiales tatuados en mi memoria con cariño. Si bien es cierto que no creo que el bautismo nos libera de ninguna atadura, ni de ninguna deuda eterna. Para mí, el bautizo de mis hijos fue como celebrar junto a mi familia que este nuevo ser pequeñito y frágil estaba entre nosotros para llenar nuestras vidas.

A Gabriel, el mayor lo bautizamos con mi faldellín – como llamamos en Venezuela al faldón de bautizo-. El mío lo mandaron a confeccionar en España con unas monjitas de una población llamada León. Cuando mi hijo iba a nacer, una de las cosas que su orgullosa abuela le trajo, como quien cargaba un tesoro, fue justamente mi faldellín, el cual mi mamá había guardado envuelto en papel de seda azul y demás técnicas caseras para conservarlo. Cuando descubrimos que tenía una mancha, mi mamá y mi tía, emprendieron literalmente una cruzada para desmancharlo. ¡Mi hijo se puso mi faldellín! Con tan sólo de ver la cara de felicidad que tenían mi mamá y mi tía Zaida –quien es como otra mamá para mí-, bien valió la pena haber cargado el trajecito desde Venezuela hasta Nueva York. Para mí, que mi hijo usara mi faldellín era una demostración más de amor. Con ese gesto, mi madre y mi tía extendieron toda la ternura, todos los cuidados y todas las ilusiones que tuvieron cuando yo nací y se las transmitieron a mi hijo.

Desafortunadamente Samuel no pudo usar el faldellín porque era un bebé gigantesco desde que nació. Así, que a él le compramos un trajecito blanco. Y viajámos a Venezuela para bautizarlo, porque queríamos hacerlo rodeados de nuestra familia.

Escoger los padrinos de mis hijos para mí no fue difícil. A mis niños los bautizaron las personas a quienes se los confiaría si alguna vez su papá y yo nos ausentáramos. Amén de sus abuelas, a quienes se los pongo en las manos con los ojos cerrados.  Para mí, establecer con cada uno de los padrinos y madrinas de Gabriel y Samuel, el sacramento bautismal, fue simplemente una manera de decirles: te quiero, eres mi familia y confío tanto en ti que quiero que seas el padrino o la madrina de mi hijo.

Así que como ves, ésta mujer contradictoria que soy, que no cree en el vínculo religioso del bautismo, cree ciegamente en el afectivo. Creo en el bautizo como un acto de amor. Si tuviera que escoger de nuevo que ropita ponerles para tal ocasión, sin titubeos sería mi faldellín y si tuviera qué decidir quiénes serían los padrinos, sin duda, volvería a escoger a las mismas personas, a quienes desde siempre me ha unido un sentimiento de hermandad.