Mi esposo y yo, comenzamos a salir cuando él tenía 35 y yo 33 años. Ambos habíamos tenido relaciones anteriores. Él hasta había estado casado e incluso pasó por una etapa de mujeriego en la que se sumergen muchos divorciados.

Cuando el romance progresó y se hacía inminente la etapa horizontal, tomé la poco romántica decisión de pedirle que nos hiciéramos la prueba del SIDA juntos. Fue un momento decisivo que nos acercó mucho, pero no por eso dejó de ser aterrador. Yo nunca he sido muy amiga de las agujas, pero se me bajó la tensión cuando nos hicimos el examen de sangre. ¡Los nervios me estaban matando!

La posibilidad de que cualquiera de los dos hubiese contraído la enfermedad era terrible, pero también lo era la vergüenza. Me imaginé que todos los que estaban en el laboratorio nos estaban juzgando y ni quería pensar en lo que pensaría mi médico si el resultado fuera positivo. Esos días no fueron para nada buenos.

Por eso me alegré muchísimo cuando me enteré que el organismo que regula los fármacos en este país, la FDA, aprobó  una prueba casera para el SIDA.  ¿Se imaginan? Uno podría comprar el kit en la farmacia y a través de la saliva, tener el resultado en 20 minutos. ¡Una maravilla!

Aunque los contagios por el virus del VIH han bajado, aún hay millones de personas en el mundo enfermas. Tan sólo en Estados Unidos, 1.2 millones tienen el virus y de éstos 240.000 no lo sabrían. Es decir, no están recibiendo el tratamiento que evite que el virus se desarrolle y se convierta en SIDA. Lo que es peor, estarían contagiando a sus parejas sin darse cuenta.

Me parece fantástico que la FDA le haya dado luz verde a este examen. Aunque la prueba no es cien por ciento segura -como no lo es casi ningún examen de laboratorio-. En el caso de gente infectada tiene un porcentaje de fallas de 9% y el organismo recomienda que sea de 5% ó menos. Pero yo creo que sería fantástico que aunque sea 91% de los afectados con el VIH lo sepan y tomen medidas al respecto.

Aunque no tengo razones para desconfiar de mi esposo. Yo sería una de las que iría a la farmacia y me haría la prueba, porque como me enseñó mi abuelita: segura sólo es la muerte, y nunca más segura que con SIDA.

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Imagen vía OraSure Technologies

About the author

Alicia Civita lives in Florida, with her Argentinian husband, her two boys, 7 and 10 years old, her two rescued pit bulls, a parrot, and a red bearded lizard. She has lived and written from Caracas, Madrid, Rio de Janeiro, Buenos Aires, and New York, among other cities. Since becoming a mom she has learned to sew, craft, and play videogames. She dreams with hosting a party with all of her Facebook friends.

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