Nuestros abuelitos son la base de la familia. Especialmente para todas nosotras que venimos de Latinoamérica, son ampliamente respetados y muy, muy queridos.

Sus lecciones, consejos y décadas de experiencia hacen de su compañía un deleite, cuando menos en mi caso. Jamás me cansó de escuchar una y otra vez las mismas historias que cuentan, sus aventuras y sus aprendizajes.

Lee más en ¿Qué más?: ¡Una increíble abuela da a luz a sus propias nietecitas!

Aquí les dejo los aprendizajes, frases e historias que algunas de nosotras, el equipo de MamásLatinas, queremos compartir con ustedes en este día tan especial en que celebramos su día:

El mejor arroz con leche del mundo 1

El mejor arroz con leche del mundo

Imagen vía Mariela Rosario

Mi abuela materna vivió en mi casa desde que tenía 5 años hasta el día que me gradué de la escuela; y la de mi papá ayudó a criarme cuando era apenas un bebé. nunca olvidaré cómo me preparaban mi arroz con leche favorito y cómo me perseguían cuando me portaba mal. Me siento bendecida de que tuve una relación tan especial con ambas.

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La sabiduría que dan los años 2

La sabiduría que dan los años

Imagen vía Johanna Ferreira

Mi abuela simpere dice: "Más sabe el diablo por viejo, que por diablo" y me hace reír. Tiene 85 años ¡y hace el mejor sancocho de rabo!

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Remedios milagrosos 3

Remedios milagrosos

Imagen vía Giselle Castro

Recuerdo que cuando estaba creciendo, mi abuelita me ayudaba a con sus remedios caseros cuando estaba enferma. el que más recuerdo es cuando me hacía  "changua." Es una sopa hecha de leche, caracoles, huevo y pan blanco. ¡Siempre me curaba el dolor de estómago!

Olor a campo y sabor a raíces 4

Olor a campo y sabor a raíces

Imagen vía Johanna Torres

Si hay alguien que para mí personificó perfectamente la palabra 'abuela' fue bisabuela Amparo, o Abuela Ampi, como cariñosamente la llamábamos. La abuela de mi papá era una matriarca en todo el sentido de la palabra, con siete hijos, no sé cuántos nietos y demasiados tataranietos para contar. Se dedicó en 100% a su familia y me enseñó a comer quenepas y a gozar de caminar en la grama mojada sin zapatos en el pueblo de Villalba, Puerto Rico, donde la visitábamos siempre emocionados. Mi abuela Ampi olía a campo y su comida tenía sabor a sofrito y a recao. Aunque lo más que recuerdo de abuela Ampi eran sus manos arrugaditas generosamente por el pasar del tiempo, son su lento caminar y su delicada figura (que siempre vuelvo a apreciar gracias a esta foto que tomé de ella cuando estaba bien viejita) las que para mí evocaban el historial familiar de una señora que vivió en salud absoluta hasta el día en que, a sus 112 años de edad, nos dijo adiós. 

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Sancocho milagroso 5

Sancocho milagroso

Imagen vía Yuliana Gomez

Mi mamita (como yo llamaba a mi abuela linda) murió el mismo año que me gradué de la universidad, pero me dejó más recuerdos hermosos de los que puedo compartir. Mi favorito tiene que ser su sancocho de gallina mágico. Me acuerdo una vez que me enfermé tan horrible mi último año en la U cuando vivía en los "dorms" fríos y casi inhabitables, y Mamita me mandó una ollada de su sancocho mágico para esa gripa que no me dejaba ni levantar. Santo remedio. Creo que era la mezcla de especias y amor.  

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La matriarca de matriarcas 6

La matriarca de matriarcas

Imagen vía Mariana Peña

Tita se casó con un gringo y desde entonces la debilidad por los americanos comenzó. Ella ha sido para mí como una madre y por desgracia mi abuelito Jaime murió antes de que naciera. Es la persona que más admiro en este mundo y la matriarcas de matriarcas. ¡Extraño sus "cocidos" como loca! Mis abuelos paternos llevan más de 75 años de casados y son el ejemplo más grande de amor y paciencia que jamás haya visto. Extraño a todos montones.

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Ejemplo de ética y lecciones de honestidad 7

Ejemplo de ética y lecciones de honestidad

imagen vía Alicia Civita

Nunca conocí a mi abuelo materno, Luis Guillermo Rosales, quien murió defendiendo la democracia venezolana, pero con sus acciones me enseñó el honor de luchar por los ideales. Mis abuelos españoles Carmen y Ramón se echaron encima el peso de criar a dos niños pequeñitos, de 2 y 3 años, que se encontraban descentrados extrañando a sus padres y a su tierra, con todo el amor y la paciencia del mundo.  Allí en Galicia aprendí el amor a la tierra, a las sopas de pan con chocolate y a las tradiciones. Mi abuelita Sara, con la que más conviví era una mujer que nació en la era equivocada. Amaba todo lo moderno y si no hubiese muerto hace ya más de 20 años sería la primera en usar un Iphone y un Ipad. Flaquita y elegante jamás pensó en que había cosas que no podía hacer nada más por ser mujer. Si cierro los ojos, siento sus manos acariciándome el cabello. No hay día en que no piense en ellos, ni que no los extrañe.

La ternura convertida en persona 8

La ternura convertida en persona

Imagen vía Vicglamar Torres

No hay nadie que pudiera hacer unas arepas más redondas que mi abuela. Con sus manos curtidas de tanto trabajar, llenas de pecas y endurecidas, pero con toda la ternura flotando en ellas, las más tersas y suaves para quienes teníamos la dicha de ser acariciados por ellas, capaces de disipar el dolor de cualquier moretón con tan sólo darte una palmadita en la espalda. Mi abuela era sinónimo absoluto de ternura, era amor incondicional. Sabia como pocos, a pesar de no haber pisado nunca una escuela formal. Llena de refranes y una maestra en curar cualquier achaque con un remedio casero. Mi abuela es una sonrisa que se me dibuja en el alma cada vez que la recuerdo y, por la dicha de haberla tenido es que me alegro tanto de que mis hijos también disfruten a sus abuelas.