El 9/11 hubo alguien que murió dos veces

En el 2001, ni soñaba con que algún día viviría en Nueva York; sin embargo, tenía que estar en Estados el 15 de septiembre de áquel año, para cumplir con los compromisos que imponía una beca-pasantía que me había otorgado el International Center for Journalists (ICFJ). El 9/11, andaba en plena preparación del viaje. Camino al periódico donde trabajaba en esa época, comencé a escuchar la noticia del ataque en la radio. Al entrar en la redacción encontré a todos los que habían llegado, editores, redactores, fotógrafos, técnicos y hasta el personal de limpieza pegados al televisor. Atónitos, fuimos viendo la desesperación de quienes preferían lanzarse al vacío que morir atrapados en las llamas.

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Era imposible que las lágrimas no fueran aflorando  al ir sintiendo el dolor de una ciudad, de un país que desnudaba su vulnerabilidad ante los ojos del mundo. Estados Unidos no estaba amurallado contra ataques. La que era una de las naciones más poderosas del mundo había sido herida en sus entrañas. Era una estocada mortal.

Mi viaje se retrasó un par de meses. Tras un periplo que me llevó a la redacción de Éxito, el periódico en español que publicaba el Chicago Tribune, llegué a Nueva York. Habían pasado tres meses de los ataques. Visitar la llamada Zona Cero, fue un encuentro con la tragedia en forma de nubarrón que se sentía en el aire. Literalmente se respiraba tristeza, el olor era nauseabundo, una mezcla como de hierro quemado con una fetidez que emanaba del piso. Era un lugar abierto, donde uno se sentía como en un funeral colectivo. Era horrible. A mi lado, había una señora que rezaba un Rosario a la Rosa Mística, con su acento venezolano, más marcado que en las telenovelas. Me quedé escuchándola, sin interrumpirla, hasta que trastabilló y, casi tuve que levantarla. Se llamaba Maritza.

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Nos pusimos a conversar y me contó su historia, que me impresionó tanto que sabía que tenía una nota periodística entre las manos. Le propuse entrevistarla y aceptó. Llegué a casa de Maritza que vivía en East Elmhurst, Queens, con mi grabadora en las manos  y salí de allí con varias horas de grabación y el corazón sangrando.  Maritza era una pediatra venezolana, una mujer de 52 años que abandonó su país porque su vida material fue arrasada en el deslave del Estado Vargas en 1999, conocido como la "Tragedia de Vargas" que dejó más de diez mil muertos, según cifras extra oficiales. Con la sensación de que no tenían tiempo de reconstruir un pasado que había sido arrastrado y empozado por el lodo y, ante la amenaza de un gobierno que daba visos de dictadura, ella, su esposo y su único hijo empacaron sus sueños y se vinieron a conquistar la capital del mundo.

Pero Maritza y su familia enfrentaban dos fieras que parecían inconquistables: ser inmigrantes indocumentados y no hablar inglés. No importaba que ambos, su esposo y ella fuesen dos médicos exitosos en su país. Aquí, habían llegado sin pasado y había que empezar de cero. Tenían de frente una bestia que les mostraba los colmillos, llamada inmigración ilegal. Como había que resolver, ella cuidaba niños, mientras que su esposo y su hijo consiguieron unos trabajitos en el World Trade Center. El esposo limpiaba y el hijo ayudaba en una cafertería.

Ninguno de los dos pudo escapar. Ella iba a rezarle a diario el Rosario de la Rosa Mística al amasijo de escombros  que era la tumba de su familia. Ya Maritza no tenía lágrimas. "El 9/11 me morí dos veces, muchacha. Y jamás voy a resucitar". No había abrazo que consolara el dolor de aquella esposa, quien se hizo novia de Luis Armando Gutiérrez, su marido, a los 17 años. "Lo conocí el primer día que llegué a la facultad de medicina". Pasaron 35 años juntos. "Nos costó mucho tener hijos y mira que hicimos cualquier clase de tratamiento. A los 30 años, Dios bendito, me dio el mejor regalo de cumpleaños: nació Luisito".

Mostraba la foto de Luisito con tanto orgullo, que por momentos el dolor se mitigaba. Luisito, con apenas 22 años era un ingeniero eléctrico, egresado de una de las universidades más prestigiosas del país. Por él, por su futuro, sus padres decidieron sacrificar su estatus legal y venir a empezar de cero en La Gran Manzana.

Seguí en contacto con Martiza, una mujer dulce, sabia y educada, con quien hablaba por teléfono eventualmente. Puedo decir que nos hicimos amigas y que a lo largo de dos años, Maritza se convirtió en una suerte de tía, que escuchaba mis cuentos de amores y desamores.  Casi nunca nos mandábamos  correos electrónicos. Una tarde encontré un email, que decía. "Señorita Vicglamar. Soy fulana, la vecina de Maritza. Ella quiere que la llame. Está en el hospital".

Me desesperé. La voz al otro lado del teléfono era un hilo quebrantado que me dijo: "Mi Negra linda, me quería despedir de ti. Me descubrieron un cáncer de pulmón hace unas semanas y tú sabes que de esta no se salva nadie. Pero no te preocupes por mí, mi amor, que yo estoy bien. Total, yo estaba muerta desde el 11 de septiembre del 2001. Ahora es que voy a estar bien".    

Siempre he querido rendirle un homenaje a esta mujer que me enseñó mucho. Para ella y para todas las madres que han visto perecer a un hijo, van mis palabras de admiración y cariño hoy. Para ellas mis oraciones, esperando que algún día puedan encontrar consuelo.

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Imagen vía Flickr/UsaCEpublicaffairs

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