Es justo que Jerry  Sandusky, haya sido declarado culpable de 45 de 48 cargos relacionados con abuso sexual de menores a lo largo de 15 años, después de que el jurado diera a conocer su veredicto tras más de 20 horas de deliberaciones. Con su cara de abuelo bueno el exayudante de entrenador del equipo de fútbol americano de la universidad Penn State, escuchó el veredicto de culpabilidad sin dar muestras de emoción, ligeramente encorvado, con la mirada baja y la mano metida en el bolsillo. Mientras, su esposa, Dottie, contuvo las lágrimas.

No dejo de pensar en ella. Creo en su palabra. Mi intuición me dice que de verdad no sabía que su honorable marido era un abusador de menores. ¿Cómo se sentirá esta mujer cada vez que piense que en el sótano de su casa tantos niños fueron despojados de su inocencia? ¿Será capaz de ir una vez más a esa parte de su hogar?

http://media.northjersey.com/images/062012_Sandusky_DNGMA.jpgCada vez que atrapan a un delicuente –sobre todo si es un abusador de menores- la mayoría de las personas aplaudimos la eficiencia de la justicia, pero casi nadie se detiene a pensar por un momento qué pasa, cómo se sienten los familiares del criminal, quienes probablemente son totalmente inocentes de las fechorías de su ser querido. Hace poco, tras el ataque del llamado "zombie" de Florida, su madre salió a los pocos días diciendo que su hijo no era ningún asesino come gente, que quizás fue el efecto de la droga, pero que él era un muchacho bueno y sobre todo un gran hijo. ¿Quién contradice a una madre?

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De igual manera, no me sale de la mente la imagen de la esposa de Pedro Hernández, acusado de asesinar hace más de treinta años a Etan Patz. La mujer se veía claramente consternada ante la persecución de las cámaras de televisión. Era el rostro de una persona atormentada y confundida.

Hace años –y esto que voy a narrar es una tontería, pero es la experiencia más cercana que tengo ante una situación de este tipo- una persona muy cercana a mí, quien tiene ciertos problemas de conducta. -Suficientes para actuar diferente al resto de la sociedad e insuficientes para ser considerado como alguien con alteraciones mentales-, vino a vivir conmigo. Era un edificio pequeño, con tan sólo doce apartamentos, lo que hace que los vecinos se conozcan. De la noche a la mañana, algunos vecinos empezaron a mirarme mal. Otros escabullían el encontrarnos en el ascensor y, empecé a darme cuenta. No entendía qué pasaba. Hasta que un buen día, una vecina comenzó a gritar de forma histérica en la puerta de mi casa que "amarraran al loco ése". Salí, di la cara, hablé con ella y enfrenté la situación. Lo acusaban de poner bolsas de basura en las puertas ajenas, de tirar papeles desde la terraza. Yo no lo podía creer. Estaba paralizada y todas esas acusaciones me parecían falsas. Simplemente no lo podía creer, hasta que las pruebas me fueron demostrando que todo lo que decían era cierto.

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Quien empezó a escabullir la mirada de los vecinos era yo. Es más, hasta fui a parar  a la consulta de un terapeuta. Me sentía mal, avergonzada y deprimida, sobre todo tomando en cuenta que ante mis propios ojos una de mis cualidades más destacables es la honestidad. Me considero una persona honesta y lo digo con la frente en alto. No sólo por ser incapaz de robarme nada ajeno, sino por la manera como he vivido: trato de respetar los derechos de los demás, cumplo con las reglas que impone la convivencia y, descubrir que alguien cercano a mí había importunado a una comunidad, me dejó totalmente desconcertada. Y eso que en este caso era simplemente poner unas bolsas de desperdicio en las puertas. No me quiero ni imaginar cómo se deben sentir las madres de asesinos o Dottie Sandusky, cuyo esposo fue capaz de malograr la vida de al menos una decena de niños.

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Imágenes vía AP

 

About the author

Vicglamar is a journalist by profession, though she spent a couple of years studying pre-med before changing her major to communications. She has worked at the most prestigious newspapers in Venezuela. She had her first child when she moved to United States almost seven years ago and now has two boys affectionately nicknamed Trueno (thunder) and Relámpago (lighting).

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